Origen: Santa Cruz
Una moza -joven- muy atractiva y bendecida, con una belleza singular, vivía en la esquina de las calles Republiquetas y René Moreno, que antaño era un lugar alejado del centro de la ciudad. Su madre, que la cuidaba celosamente, a la espera de que pueda encontrar el amor con un caballero adinerado, de buena posición y edad aceptable, no permitía que ningún joven le dirija la palabra.
Pero un día, la joven cruzó la mirada con un mozo, que solo poseía buena pinta, pero nada de posesiones y quedaron enamorados ciegamente.
Al darse cuenta de tal situación, la madre montó vigilancia constante y no apartaba de su vista a su bella hija. Aunque, no contó con la perseverancia del joven que se puso en plena esquina de la casa de su amada para, al menos, verla un momento o robarle un beso.
Desde la mañana hasta la noche, ahí estaba el jovenzuelo, con el machete en la cintura como acostumbraban los hombres de campo a caminar en Santa Cruz de antaño, atento a ver a la joven si llegara a asomarse a la ventana o la puerta.
Por esos tiempos, en las esquinas de las aceras, había troncos de cuchi para proteger a las casas de los carretones sin rumbo y también servía de señal para la línea de la edificación; se los denomina mojones.
La señora, muy de mal humor, al ver al joven todo el tiempo en la esquina de su casa, profería insultos y protestaba con la frase: ¡ya está ahí ese mojón con cara!, de acuerdo con el relato del libro ‘Tradiciones, Leyendas y Casos de Santa Cruz’, de Hernando Sanabria Fernández.
El joven, convencido de conseguir el amor de la moza, se quedaba días en el lugar y a modo de pasar el tiempo se entretuvo tallando uno de los mojones de la esquina con una cara parecida al de un hombre.
Una madrugada, la madre descubrió que su hija no estaba en casa y corrió a la esquina a ver si estaba con el pretendiente, pero solo halló al mojón con cara.
El verdadero mojón con cara se conservó en la esquina de la calle Republiquetas y René Moreno hasta 1947, pero un tractor de Obras Públicas que limpiaba la calle lo arrancó y lo sepultó. Para reemplazarlo, el alcalde de la época, Lorgio Serrate, mandó a construir otro parecido y es el que se mantiene hasta nuestros días.
